A Diciembre se le olvidó decirme que me amaba, y a mí se me olvidó sentir remordimientos.

Al último mes del calendario todavía nadie le ha dicho que las pequeñas venganzas son las que marcan los momentos de nuestras vidas, ni que después de él empieza otro nuevo año. Que tras él se acaban 365 días, puede que 366, pero no una vida.

Hacía mucho frío cuando salí de mi casa aquella noche, y el frío de tus deslices seguía pesando en mi memoria como tu nuevo nombre, Diciembre. Pero hoy, apenas veinticuatro horas después, el calor de sus labios sigue dentro de mi cuerpo, haciéndome sentir viva, pese a tu frío insoportable.

Y ahora lo sé, lo sé porque te conozco, Diciembre, que has escuchado aquella canción otra vez, y que mi recuerdo está cosido a sus acordes para tu agotada mente de inventor de traumas infantiles, y sé que me echas tanto de menos, y que te asusta tanto perderme, que me obligas cada día a que forme parte de tus historias de vida, de mundo y de muerte en sobres de azúcar.

Aspiras a mi piel como a un filme para adultos, pero
pero

-pero-

tápate la boca con la bufanda y que no salgan más mentiras,
mete tus manos congeladas en los bolsillos, Diciembre.
Diciembre gris, Diciembre helado, Diciembre medio muerto.

Que no jugarías con el único fuego que te puede calentar si supieses que en mi piel aún hay restos de sus besos. Que apostar todo a una carta que desconoces puede ser muy peligroso.

Te lo he dicho tantas veces, Diciembre; para mí no eres el último, sino el primero.